¡Eh, tú, Millennial!


No ardieron las redes ese día. Ningún influencer fue linchado por desnudar una verdad incómoda; ni los trepas sumaron followers con otro desesperado cambio de chaqueta. Tampoco palpitaron viejos amores al calor de una story, arañando pasados y descartando presentes; ni ilusionaron los nuevos match, ni se trivializaron dislikes. El día en que nacimos nadie certificó con un clic nuestra llegada.

Somos la última generación que recuerda el futuro cuando todavía era futuro. Los últimos a los que enseñaron a manejar certezas, los que estaban llamados a crecer a la par que el tiempo. Capaces de combinar mañanas de tiza y pizarra con tardes de Encarta, WordArts y soniquetes del modem. Los primeros en enfrentar los arrebatos de soledad sin saldo en el móvil. Con seguridad, los únicos que hemos saboreado la libertad de soltar el lastre de la timidez cuando, por fin, nos atrevimos a mandar aquel sms.

Ahora, con el milenio festejando su mayoría de edad, nos quedan lejos los recuerdos de cuando fuimos vanguardia y sentimos el pánico de formar parte de esa España que ya esbozó Machado, la que pasó y no ha sido. Por eso, antes de borrar del testamento de la historia nuestro no legado, hemos de reivindicar nuestro papel de arquitectos del aquí y el ahora. Y es que, aunque los gigantes sobre los que cabalgábamos nos dejaran en el arcén, supimos seguir al poeta; y con barro en las suelas hicimos camino al andar.

En la era de futuros volátiles y presentes impostados, por favor, carguemos orgullosos con estas dos décadas que pesan como siglos en la mochila de la experiencia. Quizá 20 años no son nada para para Gardel y su tango; pero para nosotros, como cantara Machín, significan toda una vida. Y qué vida. Nativos de ninguna era, ciudadanos de ningún lugar y, a la vez, todo lo contrario.

En este contexto, sin entender todavía quiénes somos ni cómo hemos llegado aquí, muchos de nosotros tenemos hoy la fortuna de poder comunicar y articular realidades, siendo los ojos y la voz de buena parte de la sociedad. Para hacer frente a esta responsabilidad debemos, de una vez, superar las limitaciones de una generación que ninguno escogió.

Hagamos de la flaqueza virtud y aprovechemos toda una juventud derrochada en números de funambulismo, manteniendo el equilibrio entre la nostalgia analógica y la esperanza digital. Tendamos puentes entre los que ya fueron y todos los que serán; seamos el nexo entre dos mitades condenadas a entenderse. Sólo aquellos que construyen el mañana, tienen derecho a juzgar el pasado, reflexionaba Nietzsche. Más que nunca, juzguemos y construyamos juntos. Que lo que ha separado el tiempo, lo una el porvenir.

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Enrique Vázquez

Construir. Compartir. Crecer. Entiendo la comunicación como una herramienta de cambio y transformación social. Estudié Periodismo en la Universidad de Sevilla y Máster en Dirección de Comunicación en ESIC. Continúo aprendiendo en ATREVIA.

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